ficción**.
Estaba el otro día en clase, tan tranquilo, cuando me encuentro a un alumno mirando al infinito.
Pero mirando de verdad.
Como si hubiese visto a Jimi Hendrix reencarnado en un alógeno del techo.
Le pregunto qué le pasa y me suelta:
—“Profe”… he leído que antes de tocar tres acordes tengo que entender “el universo musical”.
Normal que estuviera bloqueado.
A cualquiera le dicen que para tocar un Mi menor necesitas comprender la expansión cósmica y te
da un vahído.
O peor: te da por abrir YouTube y ahí sí que te pierdes para siempre.
Lo curioso es que algunos músicos hablan de la música como si fuese un ritual secreto.
Como si al aprender un acorde te fueran a entregar una túnica y una contraseña para entrar en la
logia.
Y otros te explican las cosas con tal nivel de complicación que parece que quieran que abandones
antes de empezar.
Y ahí, viendo al alumno sufrir más que yo afinando la tercera cuerda de una Les Paul en un
concierto, pensé:
Esto es exactamente lo que pasa al aprender música.
Crees que necesitas permiso del universo, un don divino, o que te toque un rayo de inspiración.