El otro día intentaba afinar la guitarra cuando mi vecino decidió iniciar su obra magna: “Sinfonía para martillo y pared en Do Mayor (de dolor)”.
Yo ahí, mirando la tercera cuerda de la Les Paul como quien mira a un hijo que sabes que está mintiendo, pensando: “¿Está desafinada… o es el vecino marcando el compás con un demonio interior?”
Y entonces me cayó la ficha: el sonido no existe hasta que alguien lo escucha (una especie de adaptación musical del gato de Schrödinger).
Lo que para él era bricolaje, para mí era tortura medieval perfectamente afinada.
La acústica nos cuenta que todo es vibración, aire moviéndose y un receptor que lo interpreta. Ese receptor eres tú.
Y tu forma de oír es tan personal como tu taza favorita: nadie la entiende, pero ahí estás, usándola cada día.
Si no entrenas el oído, todo se vuelve ruido.
Si sí lo entrenas, hasta el heavy, el bolero y el motor del ascensor empiezan a contarte cosas.
Te escribo porque aprender a escuchar es el atajo más rápido para tocar mejor.
Da igual tu nivel: el oído manda, y si lo educas, tu música se ordena sola.
Y como cada semana, aquí va tu dosis gratuita de tocar-mejor-sin-perder-la-cabeza.