Lo que no tocas también habla.

Siguiendo con la “Sinfonía para martillo y pared en Do Mayor… y taladro” de mi vecino, de repente apareció un silencio. Me di cuenta de que ya no había martillazos. Pero no un silencio de esos místicos que te hacen replantearte tu existencia. No. Uno de esos que te obliga a escuchar tus propios ruidos internos: respiracióncorazón… y el gruñido del estómago reclamando derechos laborales.

Me quedé quieto, clavado y poniendo la oreja a ver si me había quedado sordo. Y pensé: “Esto es curioso… llevo años tocando y todavía hay quien cree que el silencio es la nada absoluta, como si la música se desconectara un segundo para ir al baño. Como cuando nos aburrimos y pensamos que estamos perdiendo el tiempo por no estar produciendo… como si mirar la llama titilante de una vela fuese una llamada al mundo paranormal”.

Pero ni en la ciudad, ni en el campo, ni en el mismísimo espacio existe el silencio total. Hasta un astronauta escucha siempre su propio latidoEl silencio no es ausencia: es elección.

Y en música pasa igual. El silencio es la respiración de la frase. Es lo que coloca cada nota en su sitio y evita que tu línea suene como una discusión de ascensor.

Si quieres sonar mejor, no es cuestión de tocar más… sino de dejar espacio. El silencio es el marco que hace bonito el cuadro.

Te cuento esto porque muchos alumnos llegan queriendo meter más notas (yo mismo lo hago a veces… sin darme cuenta), cuando lo que realmente necesitan es aprender a callar a tiempo.

Y por eso te envío estas cartas cada semana, para ayudarte a tocar con más intención (y menos ansiedad por rellenar huecos).

¿cómo arreglamos esto?

Empieza por observar tus silencios igual que observas tus notas. Decide dónde respiras. Y deja que el groove trabaje por ti.