Hola:

Hoy iba a hablarte de escalas, digitaciones o de por qué el metrónomo no muerde —aunque a veces lo parezca—.

Pero no. Hoy toca detenerse.

Se nos ha ido Robe.

El que decía: «me acuerdo de ti, me cago en tus muertos…».

Y con eso ya estaba diciendo más verdad que muchos tratados enteros.

Hago un paréntesis en este hilo de historias —que sí, tienen lógica y acabarán encajando— para dejar aquí unas líneas para aquel extremeño, de una tierra y unas gentes con las que siempre me he sentido hermanado.

Hace unos días, en clase con mi profesor de bajo en el conservatorio, hablábamos de algo esencial. Eso que todos deberíamos tener:

un disco, una canción, algo que nos devuelva a lo que somos de verdad. Como personas. Como músicos.

No a lo que estudiamos. A lo que somos.

A nuestra esencia.

Ese núcleo desde el que el alma se expande y, poco a poco, se construye una identidad musical propia.

Con Robe ocurre algo distinto.

No es una canción ni un disco.

Es una vida entera sonando de fondo.

Todo lo que alguna vez sentimos… el pack completo. Sin filtros. Sin postureo.

Desde el "Rock Transgresivo" hasta "Se Nos Lleva el Aire", Robe, Extremoduro… ha sido banda sonora de alegrías, rabias, tristeza, euforia, nostalgia. Todo.

No solo por el vínculo emocional, sino porque dio en una tecla muy difícil: el idioma como música, la prosodia, la narrativa, la verdad incómoda dicha sin maquillaje.

Letras y música ya inseparables.